
Hay 11 tejados en la ciudad a los que siempre puedes volver si tienes frío.
Balones encalados mirando al cielo y 8 partes de ti en cada tejado.
Reconstruyo y guardo cada uno de tus pedazos
como sólo se puede guardar y reconstruir aquello que se quiere.
Es un misterio la forma que tiene la ciudad de nombrarte en 88 piezas,
de redescribir 3 felices tigres a rayas debajo de las uñas sin trabalenguas…
de retumbarme tu nombre en todo el cuerpo.
Busco el final de la columna, tus vértebras de mar,
el ticket del café para 2 que me sobra en los zapatos.
Una parada solicitada en el autobús que me acerque a tus aceras.
Busco. Y te busco porque nunca entendí ese laberinto de tactos separados.
Ese hombre sólo. Ese espacio acolchado en 5 cm de plástico.
Siempre vuelvo aquí arriba; buhardilla, tragaluces y patio de juguete,
cuando siento la necesidad de inventar un nuevo abecedario
que redefina esto de echarte de menos.
Escribo y lanzo aviones kamikazes
porque todo niño se merece una frase volada
antes de volver a la esquina del ring por las mañanas.
Te significo en el aire.
Intento “boca-nadas” en las que permaneces,
en las que la noche no pasa
y te detienes y te quedas para acomodarte el abrigo.
…También debería haber un lenguaje para esto…
Tengo las muñecas llenas de vocales abiertas
y mis poemas siguen flotando en la bañera.
Sigo empeñado en permanecer 7 segundos en el goteo de tus toallas,
en tu sonrisa en el umbral de cada puerta que cruzo,
en el olor a tierra mojada,
en el rastro de “lluviaducha” que pudiera quedarte 2 horas después en el pelo…
Pueden haber contratos a tiempo parcial
pero yo necesito una jornada completa para quererte.
Sé que el mundo cabe en 4 palabras bisilábicas y 3 edredones.
Nadie tiene la culpa en los imanes.
Sólo soy el chico que dibuja círculos a medias para que tú los cierres.
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